Lcda. María M. Santiago Reyes
Cada 22 de abril y casi de forma automática vemos publicaciones, campañas y mensajes sobre el Día del Planeta. Por un momento, parece que todos estamos alineados con la idea de cuidar el ambiente. Pero al día siguiente, todo vuelve a la normalidad. Y ahí es donde realmente está el problema.
Hablar de cambio climático y calentamiento global ya no es un tema lejano ni exclusivo de científicos. Se siente en el calor más intenso, en lluvias impredecibles y en eventos naturales que parecen cada vez más extremos. Aun así, muchas veces reaccionamos como si fuera un asunto ajeno, como si las soluciones dependieran únicamente de gobiernos o grandes corporaciones.
La realidad es que también hay decisiones diarias que cuentan. El uso de energías renovables ya no es una idea futurista. Cada vez más hogares optan por sistemas solares, no solo por conciencia ambiental, sino también por ahorro. Lo mismo ocurre con el reuso de materiales y el desperdicio de alimentos. El Día del Planeta debería incomodarnos un poco más; debería movernos a actuar, aunque sea en pequeñas cosas. Cuidar el planeta no es una campaña de un día: es una responsabilidad constante.



